Evolución tipológica de la
Iglesia Cristiana

A partir de la instauración de la libertad de cultos en el Imperio Romano, con el edicto de Milán promulgado por el Emperador Constantino en el año 313, comienza el desarrollo de un tema que ha dominado por siglos la historia de la arquitectura europea. Una diferencia fundamental entre la ritualidad pagana y la nueva religión era la "interioridad" de la liturgia cristiana. En las ceremonias paganas los asistentes permanecían en el exterior del templo y al interior solamente ingresaba el sacerdote o, en otros casos, la reunión de fieles en el interior no superaba las dos o tres decenas de personas. Por ello, los templos greco-romanos eran relativamente pequeños y sus interiores simples y despojados, reservándose para el exterior toda la magnificencia y esplendor. En el oficio cristiano, en cambio, es el espacio interior del templo el que debía albergar a los fieles y, además, sus características representar contenidos simbólicos y rituales. Estas diferencias hicieron que los templos existentes no pudieran servir de modelo para las nuevas iglesias que comenzaron a construirse, además del hecho de que su imagen estaba asociada en la mente del pueblo, a los cultos paganos y el cristianismo necesitaba diferenciarse de estos. En cambio, un edificio mucho más amplio, cuyas funciones, aunque civiles y no religiosas, se realizaban en el interior del mismo, como era la basílica romana, resultaba más adecuado para el nuevo culto.

Esquemáticamente, la planta tipo de una basílica consta de un espacio o nave central rodeada de columnas y de altura superior a las naves laterales que la circundan, lo que permite que por sobre el techo de esas naves laterales se abran ventanas para iluminar el espacio central. Los accesos a estas basílicas romanas estaban casi siempre sobre uno o ambos lados más largos; en los lados más cortos generalmente había ábsides donde se ubicaba el tribunal judicial que resolvía los pleitos entre particulares.

Iglesia de Santa Sabina; Roma, Italia; 422-432. Planta. (según C.Norberg-Schulz)

Desde un principio los constructores cristianos adoptaron algunas relaciones espaciales profundamente simbólicas; a saber, el "recorrido", símbolo de la intención del hombre de llegar a Dios; y la "luz" que viniendo desde lo alto, representaba la luz divina iluminando el espacio sacro. Para el logro de estos objetivos simbólicos, la planta basilical romana se adaptaba perfectamente con apenas algunos cambios: trasladar el acceso a uno de los lados menores, reeplazando el ábside por un pórtico y, en el lado opuesto, ubicar delante del otro ábside, el altar mayor.

Basílica Ulpia. ca. 113. Roma, Italia.
Reconstrucción del interior.

Iglesia San Apolinar in Classe
534; Ravena, Italia

San Juan de Letran. 313-320. Roma, Italia. Planta
Primera iglesia cristiana; construida por el Emperador Constantino sobre terrenos donados por él mismo.

Con el correr de los siglos, esta sencilla planta basilical sufre diversos agregados que le añaden nuevos símbolos y/o la adaptan a nuevas necesidades litúrgicas. Uno de estos elementos que ya aparece en las primeras iglesias cristianas, aunque no en todas, es el transepto: una nave, de igual altura que la central, que atraviesa a 90º las tres o cinco naves de la iglesia. La intersección de la nave central y el transepto, llamada "crucero", hacia el siglo IX, comienza a ser destacada ubicando una torre sobre él. En un principio el transepto se ubicaba inmediatamente delante del ábside; siglos después y acompañando la evolución de la liturgia, se irán prolongando las naves principales por detrás del transepto para ubicar el coro y el presbiterio delante del altar (originalmente ubicados en el crucero), confiriendo a toda la planta su forma de cruz latina característica.

Las iglesias cristianas de los comienzos (el llamado período Paleocristiano) están concebidas como mundos interiores, como lugares que representan la eterna "ciudad de Dios". El tratamiento exterior era sencillo, sin ornamentos, generalmente ladrillo o piedra a la vista, sin revocar, y el interior más lujoso, realizado y decorado con los materiales más valiosos, mármoles de distintos colores, objetos de oro y plata, cielorrasos dorados. La luz proveniente de lo alto, la direccionalidad hacia el altar, el majestuoso espacio interior, todo contribuye a subrayar su fuerte carácter simbólico.

A comienzos del período Románico un nuevo elemento es agregado a la configuración de las iglesias. Construídas siempre que sea posible, en sentido Este-Oeste, con la entrada al Oeste, se comienza a construir este acceso Oeste con un vestíbulo, llamado "nartex" como espacio de transición entre el espacio exterior (mundano) y las naves interiores (el espacio sacro). Este vestíbulo conteniendo la o las puertas de entrada, está flanqueado por dos torres componiendo una estructura tripartita de puerta y torres llamada, por mirar al Oeste, "macizo occidental". Esta estructura parece haber sido tomada de las puertas de entrada a las ciudades, ubicadas en las murallas que rodeaban a las mismas. Estas puertas con torres a sus lados adquirieron ya en la antigüedad, un significado simbólico de protección, de acceso a un recinto, de algún modo, sagrado. Su incorporación en la fachada de las iglesias medievales unifica los símbolos de protección divina y de aspiración al cielo dado por la direccionalidad vertical de las altas torres laterales.

Catedral de Santiago de Compostela
Vista aerea desde el ábside; reconstrucción
ca. 1075-1125
Santiago de Compostela, España.

Catedral de Santiago de Compostela
Reconstrucción de la fachada original
ca. 1075-1125
Santiago de Compostela, España.

Catedral de Santiago de Compostela
Planta
ca. 1075-1125

Catedral de Santiago de Compostela
Vista del interior

Lamentablemente, son pocas las iglesias de la Alta Edad Media y aun románicas que han llegado hasta hoy tal como eran en sus orígenes. Las que no resultaron destruidas, en su mayoría han sufrido diversas refacciones y modificaciones que cambiaron considerablemente su arquitectura; tal el caso de las grandes iglesias de peregrinaje, como la Catedral de Santiago de Compostela. En ésta, sólo el interior ha sido bien conservado y nos brinda una clara imagen de como era una iglesia en el siglo XI.

En la fotografía de la izquierda se puede observar la nave central cubierta con una bóveda de cañon corrido, entre robustos arcos semicirculares (denominados "arcos perpiaños"), que fraccionan el espacio en "módulos" repetitivos, algo bastante característico del espacio románico.

En Santiago de Compostela encontramos otras dos innovaciones románicas: una, la "girola", prolongación de las naves laterales que rodea el ábside por detrás del altar mayor, formando un recorrido contínuo llamado "deambulatorio", que en muchas iglesias de peregrinaje incluye también el transepto, construído con tres naves como el cuerpo principal del templo; y la segunda, una serie de pequeños ábsides, denominados absidiolos, adosados radialmente al ábside principal, (y en ocasiones también al transepto como en este caso), albergando cada uno una capilla consagrada a la devoción de diversos santos y a la Virgen; esta última ubicada generalmente en posición central, detrás del altar mayor.



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